domingo, enero 07, 2007

Volantines y peces

A fines de los noventa hubo una exposición de volantines en el Centro de Extensión de la PUC. La mayor parte chinos, algunos de Rauschenberg y de otros artistas plásticos. Volantines enormes, preciosos, coloridos, un espectáculo magnífico, esculturas flotantes que se mecían suavemente sobre las cabezas de los visitantes, una belleza de apariencia frágil y a la vez llena de fuerza, sujeta con cuerdas, pero capaz de dar la vuelta al mundo. Al fondo había un teatro chino de marionetas, tan bien trabajado y tan expresivo que daban ganas de quedarse pegado todo el día.

La exposición duró muy pocos días. La fila para entrar era larga, pero más por la urgencia de ver algo irrepetible que por número de personas: una vez dentro, no se renovó demasiado el público. Entre ellos había muchísimas caras conocidas. Uno me dijo que parecía un cumpleaños ampliado. Otro comentó con sorna, al quinto encuentro con amigos, que allí estaba el futuro de la cultura chilena. Habría que especificar que se refería a la Halta Kurtura. La frase me quedó resonando y sigue siendo elocuente para mí. Del bajo porcentaje de chilenos que lee diarios, hay un número menor aún que se fija en anuncios como los de esa exposición y aún más escasos son quienes deciden levantarse temprano, amononar a los niños y partir al centro a ver volantines. Nada de raro entonces que uno se encontrara con amigos, los mismos que llevaban a sus hijos al jardín infantil Azulillo y que se encontraban en las reuniones de padres y apoderados de La Girouette, La Alianza Francesa, el Manuel de Salas o el católico Notre Dame. Todos progres, todos culturosos, todos con el empeño de abrirle mundo a sus hijos.

Ayer sábado 6 de enero hubo muchos eventos en la ciudad. El Festival de Rock en el Estadio Nacional, que se robó casi toda la cobertura de espectáculos del domingo. El primer día de La fiesta de los abrazos en el Parque O`Higgins. Y el inicio del festival Santiago a Mil, con un espectáculo callejero llamado Peces, de la compañía catalana Sarruga. Y eran peces: de distintas formas o tamaños, en cardúmenes o solos, más una música que invitaba a dislocarse las caderas, una buzo suspendida en el aire que simulaba nadar, luces, bromas. Si los volantines invitaban a la contemplación, a
perderse en el horizonte infinito imaginando a esos raros pájaros flotando en libertad, estos peces convocaban a la fiesta, a la comunión, al sentido de lo colectivo, y así desataban la sonrisa, la complicidad, la alegría.


Había mucha gente. Mucha. Y, dado el carácter de la mayoría de los asistentes -todo esto ocurrió entre la Plaza Perú y Apoquindo con El Golf-, hubo hasta pifias y zapateos porque el inicio se demoraba. Esa prepotencia del cuico que lo lleva a exigir todo incluso en espectáculos gratuitos. Pero, una vez que comenzó, se produjo eso tan difícil de lograr, la comunión con el público: un pez tiraba agua, y todos reíamos a carcajadas, mojados o no mojados. El tiburón mastodóntico agachaba la cabeza y todos gritábamos fingiendo terror. El placer del juego. Lo maravilloso de poder sentirse cómplice. Una fiesta callejera en buena, cosa rara en Shile, que se repetirá en Cerro Navia, Maipú, San Joaquín y Antofagasta.

Caminando entre los peces, mirando la cara alegre de los asistentes, me acordé de los volantines. Del cauteloso murmullo que se escuchaba. Del comentario cómplice, pero en voz baja, ante algún volantín especialmente bien logrado. En la Plaza Perú también encontré caras conocidas, pero en una proporción muchísimo menor. Y es que es distinto que el espectáculo vaya a la gente a que la gente vaya al espectáculo. Me alegro muchísimo de que luego vayan a la periferia santiaguina y a la remota provincia. Estoy seguro de que los espectadores serán más numerosos, tendrán más paciencia y serán más entusiastas.